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De Quimeras y Ensoñaciones

Pantomima

Pantomima

La farsa busca actores aficionados para ser observados entre bambolinas.
Llegaron los titiriteros al pueblo en un día de moscas y chicharras chillonas, eran tres carretas, perro flaco y colores arco iris, campanillas y polvo del camino.
Instalaron su campamento en la plaza del pueblo, tras invitar a vino al alguacil convidándole en la única venta del lugar y pagar dos monedas de impuestos al ayuntamiento y vocearon su innecesaria presencia, por ya conocida, entre las destartaladas callejas de piedra y adobe. Caía un sol de justicia en la Mancha llana.
Cuatro sillas mal puestas en el corral, un tablao más flamenco que teatral y la luna verde de espectadora solitaria aguardaban la farsa de los cómicos nómadas. Las almas llegaban asomando asustadas y retraidas, timoratas, entre las bocacalles, boinas y sayas, fajas y pana, cayados y pañuelos monocromos, semblantes agriados de color terruño, algún borracho malencarado y puntuales mocosos de pantalones cortos caidos con tirantes descoloridos.
A la luz de los candiles, antorchas de brea y luciérnagas no invitadas, en la noche verde de luna, brillaba un retablo de actores que cantaron,horas ha, representar El sueño de una noche de verano de un tal hombre de nombre extraño, que sonaba a estornudo de fiebre del heno, al que tan sólo el párroco y el maestro aspiraban minimamente conocer.
Tras el telón de manta ajada se movían bultos.
En los asientos se arremolinaban los intranquilos.
Oíanse voces de chiquillos y un gramófono destemplado.
Las autoridades iban llegando, y el espectáculo comenzaba.
El cura, el alcalde y su mujer, dos caciques terratenientes y sus gruesas costillas parlatanes acaparaban la fila primera. Tras ellos, el médico, el maestro, el agualcil, la guapa, el tonto del pueblo, y detrás el resto del pueblo entero, salvo enfermos y algún extraviado por las trochas del campo.
Crujían los tablones por donde trepaban los cómicos de la legua, escalón a escalón, con parsimonia, hacíendose ver sus estrafalarios amuletos, adornos, campanillas, espantamoscas coloridas, panderetas, aros, caretas y mil aperos verbeneros. 
Se descorrieron las cortinas, atronó un tambor de lata, y tras una reverencia desganada, mil veces ensayadas, el tablao quedó con un tramoyista recitando un soliloquio introductorio. Caras serias en el respetable.
Se da por comienzo la pantomima. Dos actores saltimbanquis danzan piruetas sobre las tablas, malamente interpretadas, alguna primera carcajada de desaprobación desde las últimas filas de chiquillos dotados de mayores proezas malabares en sus juegos cotidianos.
Los dos titiriteros, cansados, se sientan al borde del tablao, cesa todo aspaviento y en el silencio se oyen volar las polillas sobre los candiles. Silencio. Las polillas se estrellan contra la luz mortecina y bailarina que tiembla sombras de fantasmas sobre carcomidas maderas.
Silencio, silencio.Empieza el mayor espectáculo del mundo, los dos coloristas cómicos, cómodamente instalados a horcajadas sobre las pisoteadas tablas del escenario contemplan la obra que se ahora se desarrolla en el patio de sillas, miran divertido la función de teatro, los actores se transmutan en espectadores y estos en acotores.
Comienza la farsa, la pantimina, el sueño de una noche de verano en una campiña mesetaria abriéndose el telón para que actuen los ciudadanos del mundo :  

Un pueblerino le pide al primer cacique más tiempo para el pago de una renta atrasada, un niño de pecho reclamá el maná infantil a su madre nuevamente en cinta, el médico sujeta con vendas un brazo en cabestrillo. Papagayean de la hija de fulana y del hijo del beltrano las viudas viejas congregadas en el ala izquierda, patalea de sueño y hambre un chiquilicuatre harapiento, se rasca la barriga un viejo aburrido, discute una pareja por quíteme allá usted esos trastos, el alcalde se apoya sumiso en su cayado ante los caciques que miran de soslayo las juveniles formas de la guapa sentada detrás que coquetea con el hijo del médico, el alferez de permiso, y mientras miran actuar a los espectadores, los dos cómicos que les miran desde el tablado, les aplauden, alguna vez ríen, otras chillan, otras, divertidos, lanzan sus copetes de lana con escarapela y campanillas hacia la luna verde para atraparlos en el aire. Y tras de ellos, el resto de la comparsa venida de lejos en carromatos, también observa la vida, y vuelan un par de tomates y huevos que pringan al estrellarse de rojo y trigo al risueño tonto del pueblo.  

En la mágica noche de los cómicos, un domingo cualquiera, el viceversa y la paradoja juegan a la pantomina, al ser los sueños sueños, es el pueblo  quien hacen cosas ante los cómicos mientras ellos miran, les juzgan y critican.
Qué siga el espectáculo.    
    

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